jueves, 4 de febrero de 2016

RESUMEN DE A LA COSTA

A LA COSTA

El señor Jacinto Ramírez, un señor de aspecto pálido y sombrío con su larga barba gris, se

asemejaba a los alquimistas de la Edad Media.  E 16 de agosto de 1868, veintidós años antes,

Jacinto Ramírez, era un estudiante de quinto año de estudio en la Universidad de Quito, para esa

fecha ya había rendido con buena vocación sus exámenes, y se preparaba para sus vacaciones a

Ibarra donde vivía su familia, numerosa y considerada en Imbabura.

Años después había vuelto el doctor a su tierra natal, los edificios se levantaban por todas partes;

donde fue la casa de sus padres había otra; los árboles volvían a dar a Ibarra el aspecto de una

ciudad oriental. Todo volvía a su antiguo estado, solo el alma del doctor había quedado

entenebrecida para siempre y tocada por una ponzoña: la hipocondría.

El tiempo es el gran tiempo de las enfermedades.  Ramírez sintió esa benéfica mano, tan suave

tan insensible en la manera de obrar y pasados dos años del terremoto, en el cual había perdido

familia, fortuna y gran parte de su vigor  moral.

Difíciles fueron los días que atravesó Quito; con una mensualidad de diez pesos que mandaba un

pariente lejano que vivía en un pueblo lejano de la costa. Era necesario vivir con esa exigua suma

pagada, el miserable cuartucho y la ruin comida que le daban en un figón y muchas veces le

faltaba la hedionda vela de cebo para poder estudiar las lecciones.  Ramírez, cohibido con la

pobreza y su carácter huraño y triste nunca intimó con nadie.

Concluyó los estudios, notando su pobreza, pero tomaron en consideración su aplicación y

aprovechamiento, los derechos de exámenes y grados fueron dispensados.  Con tanta emoción

recibió del pariente cura una suma de dinero destinado para  comprar su levita y sombrero de

Sintió vergüenza al no tener para comprar una botella de vino para brindar a sus profesores, se

dirigió a su pobre cuartito, testigo de tantas miserias y amarguras y sin tener a quien comunicar su

triunfo obtenido, sin tener una madre llorosa de placer, ni un padre emocionado de contento que

Poco a poco gañó algunas sumas de dinero en pleitos de asuntos de menor  cuantía, hasta que la

defensa que hizo ante un consejo de guerra de un pobre artesano acusado de conspirador,

dándole con el triunfo, merecida fama de elocuente y conocedor de la ley. Luego mejores días y

su reputación de abogado ganó terreno y con el porvenir asegurado.

Se casó por primera vez con Camila Quiroz, Camila sin ser bella, tenía ese atractivo especial que

encienden los deseos en los hombres y tristes como el doctor Ramírez.  El matrimonio  Ramírez

era der un catolicismo ferviente y bajo la disciplina de los preceptos más estrictos de la iglesia

educaba a los dos únicos hijos.  Salvador, de índole suave, aplicado al estudio y de aptitudes

notables, distinguiéndose desde el primer día, querido por los profesores y odiado por los

compañeros.  En el colegio, la superioridad intelectual nunca es perdonada.  Mariana una señorita

muy hermosa, con esa belleza típica y espléndida de la mujer destinada a ser madre algún día.

Mariana una señorita con dos principios contrapuestos y hostiles.  Salvador con algún mayor

conocimiento de la vida, adquirido en la lectura de los libros que había leído en la biblioteca de los

jesuitas, quería guiar a su hermana en la confusión de ideas que atormentaban ese cerebro.

Trabajo inútil.  La fantasía de la muchacha caminaba más ligero que las ideas de Salvador, era un

verdadero caballo desbocado al que quiere guiar un jinete novel y cobarde.

Salvador cumplió los diez y ocho años, iba a graduarse de Bachiller en filosofía. Fue muy querido

por sus profesores, por su aplicación y buena conducta escolar y religiosa.

Los profesores y condiscípulos felicitaron al Bachiller y  don Jacinto,  emocionado hasta las

lágrimas y sin pronunciar una sola palabra abrazó al estudiante.  Años más tarde la fortuna de la

familia Ramírez era mediana, los bienes consistían en una casa grande y vieja donde vivían. El

gran problema de la vida, de todo padre de familia sin patrimonio, acongojaba al doctor, tan

propenso al  abatimiento y al pesimismo.  Sus fuerzas y energías iban disminuyendo, su voluntad

era rebelde y su organización de hombre lo había gastado.

Doña Camila, le tocaba afrontar valerosa responsabilidad sola, de carácter débil, inepta para

luchar,  Salvador seguía las huellas de su padre, estudiaba jurisprudencia.

El doctor temía a la muerte, porque a pesar de su carácter huraño y taciturno, adoraba a sus hijos,

únicos puntos claros en la tenebrosa noche de una hipocondría incurable.

Salvador conoció en la Universidad a un joven provinciano, descendiente de una hermosa familia,

por el talento las actitudes, patriotismo, simpatía irresistible que antes nunca había sentido llevó al

joven quiteño a entablar una amistad con Luciano Pérez, amistad única y primera en su vida.  El

uno era la fuerza  y la energía y el otro la debilidad y el temor; el provinciano parecía por su

estatura  y esbeltez un boxeador yankee y el quiteño rubio pálido y débil. Pérez era una voluntad

incontrastable, Ramírez una inteligencia luminosa.  Luciano vio en Salvador un ser débil,

inofensivo, bueno;  Salvador vio en Luciano, al hombre gigante dominador de la materia y de la

voluntad, futuro conquistador de  gloria, y le admiró, le temió y lo amó con entusiasmo.  Aquí el

secreto de la amistad de Luciano y de Salvador.

Doña Camila, a causa de su carácter displicente había captado muy pocas amistades, era

presidenta de una de las congregaciones que habían establecido los jesuitas.  Siendo la amiga

más íntima de doña Camila, la señora Rosaura Valle, vieja solterona de larga nariz, ojos miopes

rodeados de párpados sanguinolentos, enemiga acérrima de la belleza y de la alegría de la

Luego aparece Rosaura, nació fea de padres plebeyos, artesanos que renegaron de la

herramienta y adoptaron la vara y la balanza del comerciante al por menor.

Rosaura odió a Mariana desde el día en que la conoció, porque Mariana era bonita y de carácter

En la monótona vida de la familia Ramírez, fue un verdadero rayo de sol la amistad entablada con

Luciano. Don Jacinto fue pronto conquistado por ese carácter vehemente, alegre y generoso.

Doña Camila al principio fría y ceremoniosa, cedió poco a poco a la simpatía de Luciano.  Mariana

lo vio por primera vez con un secreto de temor, casi con antipatía,  como que el instinto le

advirtiera que en caso de lucha, él sería el vencedor.  Joven ella, hermosa, poseedora de una

naturaleza impresionable, Luciano, por su parte pronto sintió en su corazón joven  el nacimiento

Pero aunque enamorado, comprendían que Mariana no podía ser su mujer, los obstáculos eran

muchos, la intransigencia de los Ramírez en asuntos religiosos y políticos.  Sin embargo él hizo lo

posible para llevársela a Mariana, no era hombre de hacer caso a los obstáculos religiosos o

sociales.  Ambos estaban enamorados.  Doña Camila rabiosa le grito por la relación de estos

jóvenes,  ella le respondió a sus interrogantes si lo amo, Abalanzándose doña Camila hacia su hija

diciéndole insolente, ese es el fruto de nuestros sacrificios, Mariana dice papá papacito

defiéndame, el viejo Ramírez  viendo a su hogar  frío, sin afecciones, sin goces, una esposa de

mal carácter y su hija herida por una enfermedad incurable.

La familia Pérez gozaba de un patrimonio, una hacienda llamada “HUAICO”, una delas

productivas de la provincia.  Don Lorenzo se casó muy joven con Lucía Ibáñez, hermosísima

muchacha de la ciudad, era un matrimonio el más de los felices de la ciudad.

Salvador tomando resolución le dice a Luciano, sabes que te quiero y he querido como u n

hermano, Luciano quedó sorprendido.  Y le dice puedo saber la causa de esta ruptura: como

caballero que eres, te exijo ahora mismo que me digas el motivo, pues como  caballero te voy a

contestar… ¿tú conoce a mi madre? No puede imaginar hasta donde llega su odio y ahora tú eres

el odiado, porque alguien ha contado  que tú estás enamorado de Mariana.  Mi madre exige que

Pues dale gusto,  y Dios con todos, no nos veremos más y aquí se acaba.  Te he llegado a querer

y estimar, pero si soy motivo del odio infundado de tu madre rompe conmigo.

Me guardarán rencor preguntó Salvador.  ¿Yo rencor? Que poco me has conocido, sim embargo,

sufro por este rompimiento inmotivado, pero solo veo en ti debilidad de carácter impropio de un

Adiós Luciano dijo con voz insegura.  Adiós o más bien hasta la vista, contestó el provinciano con

voz grave.  Separándose los dos amigos  se dieron un estrecho abrazo.

El doctor Ramírez regresa de Guayllabamba de una consulta ocular se sentía enfermo.  Salvador

preocupado por su padre y salió en busca del  médico que era de mucha fama en Quito.  El

médico examinó al enfermo sin ninguna señal de esperanza.  Con gran prontitud preparó el

médico la jeringuilla y la inyección fue hecha.  Muere el doctor Ramírez, la familia sabe que ha

Salvador ayudando al anciano médico, llenó el más triste de los deberes: vestir el cadáver del

padre y amortajarlo con una sábana.  Doña Camila arrodillada ante la imagen de San Antonio

rezaba en voz alta interminables oraciones, entrecortando el rezo con sollozos.  No podía crea

todavía que era viuda.  La más desconsolada era Mariana, deseaba morirse aniquilarse en algún

misterioso caos, recordaba con fidelidad, infinitos detalles que eran tantas muestras de cariño de

Desde el siguiente día de la muerte del doctor, el problema de la diaria subsistencia, la situación

era desesperante, doña Camila comprendió que su marido era el pilar de su hogar.  Luego el

Ministro de estado al ver en la situación de miseria que quedó la familia,  dio empleo a salvador,

Mariana y Rosaura decidieron seguir el camino religioso, Mariana nunca había conocido hasta

entonces, era un convento lejano del barrio en el que ella vivía.  Mariana estaba suspensa a las

palabras del predicador, Mariana fue cogiéndole amor a la manera de predicar la palabra de Dios.

La imagen de Mariana enamorada y provocativa iba borrándose de su recuerdo.

Ecuador entero ardía en fuego revolucionario.  La guerra civil iniciaba por el asunto del

“ESMERALDA” había  tomado inmenso desarrollo y las quiebras andinas y la llanuras de las costa

retumbaban con las descargas de los combares.  El gobierno desprestigiado, daba las últimas

boqueadas, después de debelar a cañonazos la inicua sublevación en un cuerpo de líneas en las

calles de Quito. Cordero renunció a la Presidencia, dejaba frente a frente no dos partidos políticos,

sino dos ideas, dos edades, edad media y edad moderna, la República y la Colonia.  La juventud

libre, altanera y generosa y la vejez caduca, servil y secretaria; la razón clara como el sol de la

ciencia y la fe estúpida del fanatismo; el liceo contra el convento; la inercia contra la energía; la luz

contra la tiniebla; el trabajo y la vigilia contra el sueño y la pereza.

En Quito, la noticia del pronunciamiento de Guayaquil el 5 de Junio, cayó como un terremoto.

Salvador que en el desbarajuste del Semi-Gobierno, perdió su empleo. Para Mariana, ningún

afecto se igualaba al que sentía  por su hermano, ante la perspectiva de verlo partir a la guerra, de

la que no todos vuelven, sintió un escalofrío y sin contestar una palabra, se levantó del asiento y

llorando a lágrima viva abrazo largo rato a Salvador. Mariana su única amiga  y el único amor de

Inmenso es el panorama que se descubre desde aquel sitio del camino.  Atrás queda la cordillera

de los Andes.  La sierra abrupta, arrugada por mil cerros, picachos, quebradas y despeñaderos.

Un  tiempo después por casualidad se encontraron en un viaje Salvador y Luciano.  Salvador

examinaba a su amigo y lo encontraba más fuerte y varonil.  Luciano aunque poco observador,

notó también en el joven quiteño un aire de melancolía y amargura, se tomaron una botella de

vino, luego abandonaron las hamacas donde había descansado y bebido, el cansancio no permitía

Llegaron los dos jóvenes a la ciudad, cita de todos los arrieros de la sierra, emporio de productos

mercaderías europeas y productos nacionales, luego se trasladaron a la provincia de los Ríos, la

contemplación del paisaje que rodeaba a Babahoyo, produjo en los jóvenes gratas impresiones.

Tres días pasaron los dos jóvenes en Guayaquil, la despedida de los antiguos condiscípulos fue

muy triste. Salvador acompañó a Luciano al antiguo muelle para que se fuera a la sierra y luego él

se iba a la hacienda de don Roberto donde trabajaba de mayordomo. Paso un tiempo y la hija del

dueño de la hacienda se enamora de Salvador,  al poco tiempo se enferma Salvador y el

Consuelo la hija de don Roberto lo cuida, lo que provoca celos en el Administrador de la hacienda

Fajardo y dice: porque toma tan a pecho la enfermedad de ese serrano y fajardo fue insultado por

Gracias a los cuidados de Consuelo,  Salvador pudo dejar el  lecho al tercer día de la enfermedad,

quedando amarillo y débil, luego empezaron a simpatizar con don Roberto padre de Consuelo.

Don Antonio, antes de regresar de Guayaquil, quiso dejar arreglando le matrimonio de Salvador,

llamó a don Roberto y sin preámbulos dijo: usted habrá notado que Salvador está enamorado de

Consuelo, se también que la muchacha no le pone mala cara al serranito, es un buen muchacho,

horado y de buena familia y ella una perla, es necesario que se casen, Don Roberto dice en dos

meses regreso de para preparar la boda, quiero ser el padrino, y dar como tal lo que necesitan

mis ahijados, vuelvo en Mayo, Junio o Julio con mi mujer para que ella sea la madrina

Fajardo no podía ocultar el despecho que experimentaba, viendo al odiado y antipático fuera de su

tiránica autoridad.  Los demás empleados que siendo más antiguo  que salvador, habían sido

postergados por éste en la estimación del dueño, acompañaban a Fajardo en las ridículas

lamentaciones y en los odios furiosos, y el peor capítulo de cargos era el serrano, como si la sierra

no fuera parte del hermoso país de Atahualpa y de Sucre.

Don Roberto quería amenguar el odio del Administrador contra el novio de su hija, porque veía en

lo porvenir algo desagradable.  U n sábado por la noche muchísimos peones habían recibido el

jornal de la quincena, compraban comestibles y bebían.  Salvador ayudado por don  Roberto

apenas alcanzaba a atender a la concurrencia.  El Cortado comenzó a disputar con un compañero

borracho, sacando machetes.  Salvador con la rapidez de un rayo tomó un rifle y quiso imponer

paz entre los montubios.  Silencio insolente,  gritó desde la puerta don Roberto, contestando,

cállese usted, viejo que sirve de alcahuete a la perra de su hija.  Don Roberto, enfurecido, salió de

la tienda, antes de que pudiera impedírselo Salvador.  El montubio dio algunos pasos hacia atrás y

sin saber de dónde, sacó un pequeño puñal, luego dio dos brincos sobre don Roberto, antes de

que los testigos pudieran acercarse, los dos rodaron por el suelo escuchándose ese ruido que

hace el acero al desgarrar carne, el cuchillo brilló a la luz de la luna.  ¡Socorro!  ¡Me mató!

¡Salvador! Me mató se escuchó al infortunado Gómez, moviendo desesperado las piernas

convulsionadas por la agonía. El cortado, con una sonrisa satánica y manchada de sangre,

Salvador, atontado, sin tener conciencia de la horrible escena, se inclinó ante el cadáver del

ayudante, como si aún tuviera duda de lo que tenía delante era el cuerpo sin vida del que minutos

antes estaba sano.  La joven escucho entre sueños la noticia y casi dormida saltó del lecho, no

comprendía pensaba que era una pesadilla, el muchacho gritaba por tercera vez “mató a don

Salvador, se acerca a la cama, sin poder decir una palabra a la muchacha que lloraba como loca

arrancándose los cabellos y presa de un dolor infeliz,  El Cortado fue a prisión.  Dos meses

después llega a la hacienda el señor Velásquez, para servir de padrino de bodas de Salvador y

Consuelo.  La pobre Consuelo enflaquecida por el sufrimiento, salió a recibir al bueno de don

Antonio al abrazarlo no pudo contener las lágrimas.

La ceremonia se dio, no fue larga y Se unieron en matrimonio Salvador y consuelo.  Don Antonio

beso a la novia  se la veía radiante de felicidad.  La felicidad acortaba el tiempo, desde el día que

Consuelo fue suya, todo era dicha y felicidad para Ramírez, otra cosa que tenía contentísimo a

Salvador era la seguridad de que sería padre.

Una mañana de Febrero, después de un aguacero torrencial que inundó los campos, Salvador

sintió un dolorcito en los músculos de las piernas, la  noche fue mala, no pudo dormir con ese

dolor y frío, contándole a Consuelo que no podía ni siquiera tragar tenia cerrada la garganta, lo

llevaron en lía del Malecón, luego de una larga consulta con tres médicos, ordenaron inyecciones

hipodérmicas, Don Antonio pregunto a los médico que enfermedad tenía y contestaron que era

gravísima una POLINEURITIS PALÚDICA  de carácter aguda y será un milagro si se salva.

Regresa a su casa, ¡la noche! Esas horas eternas,  Salvador acostado en la cama desde la tarde

agonizaba lentamente.  Consuelo, murmuró el enfermo, Dios mío muero de sed. Salvador tuvo en

su cerebro una claridad extraña, recordó toda su época desde la niñez, la vieja casa de Quito, la

hacienda de Chillo donde pasaba vacaciones, el internado del Colegio, las caras de  condiscípulos

y profesores, las fisonomías, de su padre, su madre, de Mariana de Luciano todos quienes eran

cercanos a él, las escenas inolvidables, las amarguras y miserias de su familia, la guerra del 95, la

batalla de San Miguel.  A las 8 de la mañana vinieron los médicos, lo atendieron y se miraron y

luego uno de ellos llamó a don Antonio aparte y le dijo amigo mío no hay esperanzas.  El médico

le dice que está muy mal aunque no de muerte y que tiene que dejar encargos y responde que es

muy pobre y la pide a Don Antonio que cuide de Consuelo y del niño que ha de venir que Dios le

pagará, Don Antonio promete a salvador que cuidará de ellos ya que el muere por su trabajo

fuerte en la hacienda.  Luego le dice a Consuelo.  Consuelo amor mío perdóname si te hago sufrir,

¡Pero debo decirte que me muero, te dejo sola! No puedo ya respirar.

Eran las cuatro de la tarde, abrió la puerta y un hombre alto musculoso y bien avanzó al lecho de

Salvador, intentó sonreír y murmuró, Luciano, mi Luciano, has venido me muero.  Luciano

arrodillado en el suelo abrazo a su amigo moribundo y sin poder contenerse estalló en sollozos,

ayer vine de Europa y leí en “Grito del Pueblo” que tú estabas enfermo y averiguando de casa en

caso estoy aquí, pero en qué estado Dios Santo.  Salvador dice Luciano está es mi mujer

abrázala, te recomiendo a mi madre, si ves a  Mariana dile que la perdono, no la maldigo

pobrecita, me ahogo Consuelo, no concluyendo la frase hizo un imperceptible movimiento de la

cabeza, los labios y colgantes brotó una espuma sanguinolenta, la cara tomó una expresión

beatica y bellísima y los ojos brillosos quedaron fijos en el Chimborazo, que allá, en el confín del

paisaje inmenso resplandecía con los últimos rayos del sol.

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