A LA COSTA
El señor Jacinto Ramírez, un señor de aspecto pálido y sombrío con su larga barba gris, se
asemejaba a los alquimistas de la Edad Media. E 16 de agosto de 1868, veintidós años antes,
Jacinto Ramírez, era un estudiante de quinto año de estudio en la Universidad de Quito, para esa
fecha ya había rendido con buena vocación sus exámenes, y se preparaba para sus vacaciones a
Ibarra donde vivía su familia, numerosa y considerada en Imbabura.
Años después había vuelto el doctor a su tierra natal, los edificios se levantaban por todas partes;
donde fue la casa de sus padres había otra; los árboles volvían a dar a Ibarra el aspecto de una
ciudad oriental. Todo volvía a su antiguo estado, solo el alma del doctor había quedado
entenebrecida para siempre y tocada por una ponzoña: la hipocondría.
El tiempo es el gran tiempo de las enfermedades. Ramírez sintió esa benéfica mano, tan suave
tan insensible en la manera de obrar y pasados dos años del terremoto, en el cual había perdido
familia, fortuna y gran parte de su vigor moral.
Difíciles fueron los días que atravesó Quito; con una mensualidad de diez pesos que mandaba un
pariente lejano que vivía en un pueblo lejano de la costa. Era necesario vivir con esa exigua suma
pagada, el miserable cuartucho y la ruin comida que le daban en un figón y muchas veces le
faltaba la hedionda vela de cebo para poder estudiar las lecciones. Ramírez, cohibido con la
pobreza y su carácter huraño y triste nunca intimó con nadie.
Concluyó los estudios, notando su pobreza, pero tomaron en consideración su aplicación y
aprovechamiento, los derechos de exámenes y grados fueron dispensados. Con tanta emoción
recibió del pariente cura una suma de dinero destinado para comprar su levita y sombrero de
Sintió vergüenza al no tener para comprar una botella de vino para brindar a sus profesores, se
dirigió a su pobre cuartito, testigo de tantas miserias y amarguras y sin tener a quien comunicar su
triunfo obtenido, sin tener una madre llorosa de placer, ni un padre emocionado de contento que
Poco a poco gañó algunas sumas de dinero en pleitos de asuntos de menor cuantía, hasta que la
defensa que hizo ante un consejo de guerra de un pobre artesano acusado de conspirador,
dándole con el triunfo, merecida fama de elocuente y conocedor de la ley. Luego mejores días y
su reputación de abogado ganó terreno y con el porvenir asegurado.
Se casó por primera vez con Camila Quiroz, Camila sin ser bella, tenía ese atractivo especial que
encienden los deseos en los hombres y tristes como el doctor Ramírez. El matrimonio Ramírez
era der un catolicismo ferviente y bajo la disciplina de los preceptos más estrictos de la iglesia
educaba a los dos únicos hijos. Salvador, de índole suave, aplicado al estudio y de aptitudes
notables, distinguiéndose desde el primer día, querido por los profesores y odiado por los
compañeros. En el colegio, la superioridad intelectual nunca es perdonada. Mariana una señorita
muy hermosa, con esa belleza típica y espléndida de la mujer destinada a ser madre algún día.
Mariana una señorita con dos principios contrapuestos y hostiles. Salvador con algún mayor
conocimiento de la vida, adquirido en la lectura de los libros que había leído en la biblioteca de los
jesuitas, quería guiar a su hermana en la confusión de ideas que atormentaban ese cerebro.
Trabajo inútil. La fantasía de la muchacha caminaba más ligero que las ideas de Salvador, era un
verdadero caballo desbocado al que quiere guiar un jinete novel y cobarde.
Salvador cumplió los diez y ocho años, iba a graduarse de Bachiller en filosofía. Fue muy querido
por sus profesores, por su aplicación y buena conducta escolar y religiosa.
Los profesores y condiscípulos felicitaron al Bachiller y don Jacinto, emocionado hasta las
lágrimas y sin pronunciar una sola palabra abrazó al estudiante. Años más tarde la fortuna de la
familia Ramírez era mediana, los bienes consistían en una casa grande y vieja donde vivían. El
gran problema de la vida, de todo padre de familia sin patrimonio, acongojaba al doctor, tan
propenso al abatimiento y al pesimismo. Sus fuerzas y energías iban disminuyendo, su voluntad
era rebelde y su organización de hombre lo había gastado.
Doña Camila, le tocaba afrontar valerosa responsabilidad sola, de carácter débil, inepta para
luchar, Salvador seguía las huellas de su padre, estudiaba jurisprudencia.
El doctor temía a la muerte, porque a pesar de su carácter huraño y taciturno, adoraba a sus hijos,
únicos puntos claros en la tenebrosa noche de una hipocondría incurable.
Salvador conoció en la Universidad a un joven provinciano, descendiente de una hermosa familia,
por el talento las actitudes, patriotismo, simpatía irresistible que antes nunca había sentido llevó al
joven quiteño a entablar una amistad con Luciano Pérez, amistad única y primera en su vida. El
uno era la fuerza y la energía y el otro la debilidad y el temor; el provinciano parecía por su
estatura y esbeltez un boxeador yankee y el quiteño rubio pálido y débil. Pérez era una voluntad
incontrastable, Ramírez una inteligencia luminosa. Luciano vio en Salvador un ser débil,
inofensivo, bueno; Salvador vio en Luciano, al hombre gigante dominador de la materia y de la
voluntad, futuro conquistador de gloria, y le admiró, le temió y lo amó con entusiasmo. Aquí el
secreto de la amistad de Luciano y de Salvador.
Doña Camila, a causa de su carácter displicente había captado muy pocas amistades, era
presidenta de una de las congregaciones que habían establecido los jesuitas. Siendo la amiga
más íntima de doña Camila, la señora Rosaura Valle, vieja solterona de larga nariz, ojos miopes
rodeados de párpados sanguinolentos, enemiga acérrima de la belleza y de la alegría de la
Luego aparece Rosaura, nació fea de padres plebeyos, artesanos que renegaron de la
herramienta y adoptaron la vara y la balanza del comerciante al por menor.
Rosaura odió a Mariana desde el día en que la conoció, porque Mariana era bonita y de carácter
En la monótona vida de la familia Ramírez, fue un verdadero rayo de sol la amistad entablada con
Luciano. Don Jacinto fue pronto conquistado por ese carácter vehemente, alegre y generoso.
Doña Camila al principio fría y ceremoniosa, cedió poco a poco a la simpatía de Luciano. Mariana
lo vio por primera vez con un secreto de temor, casi con antipatía, como que el instinto le
advirtiera que en caso de lucha, él sería el vencedor. Joven ella, hermosa, poseedora de una
naturaleza impresionable, Luciano, por su parte pronto sintió en su corazón joven el nacimiento
Pero aunque enamorado, comprendían que Mariana no podía ser su mujer, los obstáculos eran
muchos, la intransigencia de los Ramírez en asuntos religiosos y políticos. Sin embargo él hizo lo
posible para llevársela a Mariana, no era hombre de hacer caso a los obstáculos religiosos o
sociales. Ambos estaban enamorados. Doña Camila rabiosa le grito por la relación de estos
jóvenes, ella le respondió a sus interrogantes si lo amo, Abalanzándose doña Camila hacia su hija
diciéndole insolente, ese es el fruto de nuestros sacrificios, Mariana dice papá papacito
defiéndame, el viejo Ramírez viendo a su hogar frío, sin afecciones, sin goces, una esposa de
mal carácter y su hija herida por una enfermedad incurable.
La familia Pérez gozaba de un patrimonio, una hacienda llamada “HUAICO”, una delas
productivas de la provincia. Don Lorenzo se casó muy joven con Lucía Ibáñez, hermosísima
muchacha de la ciudad, era un matrimonio el más de los felices de la ciudad.
Salvador tomando resolución le dice a Luciano, sabes que te quiero y he querido como u n
hermano, Luciano quedó sorprendido. Y le dice puedo saber la causa de esta ruptura: como
caballero que eres, te exijo ahora mismo que me digas el motivo, pues como caballero te voy a
contestar… ¿tú conoce a mi madre? No puede imaginar hasta donde llega su odio y ahora tú eres
el odiado, porque alguien ha contado que tú estás enamorado de Mariana. Mi madre exige que
Pues dale gusto, y Dios con todos, no nos veremos más y aquí se acaba. Te he llegado a querer
y estimar, pero si soy motivo del odio infundado de tu madre rompe conmigo.
Me guardarán rencor preguntó Salvador. ¿Yo rencor? Que poco me has conocido, sim embargo,
sufro por este rompimiento inmotivado, pero solo veo en ti debilidad de carácter impropio de un
Adiós Luciano dijo con voz insegura. Adiós o más bien hasta la vista, contestó el provinciano con
voz grave. Separándose los dos amigos se dieron un estrecho abrazo.
El doctor Ramírez regresa de Guayllabamba de una consulta ocular se sentía enfermo. Salvador
preocupado por su padre y salió en busca del médico que era de mucha fama en Quito. El
médico examinó al enfermo sin ninguna señal de esperanza. Con gran prontitud preparó el
médico la jeringuilla y la inyección fue hecha. Muere el doctor Ramírez, la familia sabe que ha
Salvador ayudando al anciano médico, llenó el más triste de los deberes: vestir el cadáver del
padre y amortajarlo con una sábana. Doña Camila arrodillada ante la imagen de San Antonio
rezaba en voz alta interminables oraciones, entrecortando el rezo con sollozos. No podía crea
todavía que era viuda. La más desconsolada era Mariana, deseaba morirse aniquilarse en algún
misterioso caos, recordaba con fidelidad, infinitos detalles que eran tantas muestras de cariño de
Desde el siguiente día de la muerte del doctor, el problema de la diaria subsistencia, la situación
era desesperante, doña Camila comprendió que su marido era el pilar de su hogar. Luego el
Ministro de estado al ver en la situación de miseria que quedó la familia, dio empleo a salvador,
Mariana y Rosaura decidieron seguir el camino religioso, Mariana nunca había conocido hasta
entonces, era un convento lejano del barrio en el que ella vivía. Mariana estaba suspensa a las
palabras del predicador, Mariana fue cogiéndole amor a la manera de predicar la palabra de Dios.
La imagen de Mariana enamorada y provocativa iba borrándose de su recuerdo.
Ecuador entero ardía en fuego revolucionario. La guerra civil iniciaba por el asunto del
“ESMERALDA” había tomado inmenso desarrollo y las quiebras andinas y la llanuras de las costa
retumbaban con las descargas de los combares. El gobierno desprestigiado, daba las últimas
boqueadas, después de debelar a cañonazos la inicua sublevación en un cuerpo de líneas en las
calles de Quito. Cordero renunció a la Presidencia, dejaba frente a frente no dos partidos políticos,
sino dos ideas, dos edades, edad media y edad moderna, la República y la Colonia. La juventud
libre, altanera y generosa y la vejez caduca, servil y secretaria; la razón clara como el sol de la
ciencia y la fe estúpida del fanatismo; el liceo contra el convento; la inercia contra la energía; la luz
contra la tiniebla; el trabajo y la vigilia contra el sueño y la pereza.
En Quito, la noticia del pronunciamiento de Guayaquil el 5 de Junio, cayó como un terremoto.
Salvador que en el desbarajuste del Semi-Gobierno, perdió su empleo. Para Mariana, ningún
afecto se igualaba al que sentía por su hermano, ante la perspectiva de verlo partir a la guerra, de
la que no todos vuelven, sintió un escalofrío y sin contestar una palabra, se levantó del asiento y
llorando a lágrima viva abrazo largo rato a Salvador. Mariana su única amiga y el único amor de
Inmenso es el panorama que se descubre desde aquel sitio del camino. Atrás queda la cordillera
de los Andes. La sierra abrupta, arrugada por mil cerros, picachos, quebradas y despeñaderos.
Un tiempo después por casualidad se encontraron en un viaje Salvador y Luciano. Salvador
examinaba a su amigo y lo encontraba más fuerte y varonil. Luciano aunque poco observador,
notó también en el joven quiteño un aire de melancolía y amargura, se tomaron una botella de
vino, luego abandonaron las hamacas donde había descansado y bebido, el cansancio no permitía
Llegaron los dos jóvenes a la ciudad, cita de todos los arrieros de la sierra, emporio de productos
mercaderías europeas y productos nacionales, luego se trasladaron a la provincia de los Ríos, la
contemplación del paisaje que rodeaba a Babahoyo, produjo en los jóvenes gratas impresiones.
Tres días pasaron los dos jóvenes en Guayaquil, la despedida de los antiguos condiscípulos fue
muy triste. Salvador acompañó a Luciano al antiguo muelle para que se fuera a la sierra y luego él
se iba a la hacienda de don Roberto donde trabajaba de mayordomo. Paso un tiempo y la hija del
dueño de la hacienda se enamora de Salvador, al poco tiempo se enferma Salvador y el
Consuelo la hija de don Roberto lo cuida, lo que provoca celos en el Administrador de la hacienda
Fajardo y dice: porque toma tan a pecho la enfermedad de ese serrano y fajardo fue insultado por
Gracias a los cuidados de Consuelo, Salvador pudo dejar el lecho al tercer día de la enfermedad,
quedando amarillo y débil, luego empezaron a simpatizar con don Roberto padre de Consuelo.
Don Antonio, antes de regresar de Guayaquil, quiso dejar arreglando le matrimonio de Salvador,
llamó a don Roberto y sin preámbulos dijo: usted habrá notado que Salvador está enamorado de
Consuelo, se también que la muchacha no le pone mala cara al serranito, es un buen muchacho,
horado y de buena familia y ella una perla, es necesario que se casen, Don Roberto dice en dos
meses regreso de para preparar la boda, quiero ser el padrino, y dar como tal lo que necesitan
mis ahijados, vuelvo en Mayo, Junio o Julio con mi mujer para que ella sea la madrina
Fajardo no podía ocultar el despecho que experimentaba, viendo al odiado y antipático fuera de su
tiránica autoridad. Los demás empleados que siendo más antiguo que salvador, habían sido
postergados por éste en la estimación del dueño, acompañaban a Fajardo en las ridículas
lamentaciones y en los odios furiosos, y el peor capítulo de cargos era el serrano, como si la sierra
no fuera parte del hermoso país de Atahualpa y de Sucre.
Don Roberto quería amenguar el odio del Administrador contra el novio de su hija, porque veía en
lo porvenir algo desagradable. U n sábado por la noche muchísimos peones habían recibido el
jornal de la quincena, compraban comestibles y bebían. Salvador ayudado por don Roberto
apenas alcanzaba a atender a la concurrencia. El Cortado comenzó a disputar con un compañero
borracho, sacando machetes. Salvador con la rapidez de un rayo tomó un rifle y quiso imponer
paz entre los montubios. Silencio insolente, gritó desde la puerta don Roberto, contestando,
cállese usted, viejo que sirve de alcahuete a la perra de su hija. Don Roberto, enfurecido, salió de
la tienda, antes de que pudiera impedírselo Salvador. El montubio dio algunos pasos hacia atrás y
sin saber de dónde, sacó un pequeño puñal, luego dio dos brincos sobre don Roberto, antes de
que los testigos pudieran acercarse, los dos rodaron por el suelo escuchándose ese ruido que
hace el acero al desgarrar carne, el cuchillo brilló a la luz de la luna. ¡Socorro! ¡Me mató!
¡Salvador! Me mató se escuchó al infortunado Gómez, moviendo desesperado las piernas
convulsionadas por la agonía. El cortado, con una sonrisa satánica y manchada de sangre,
Salvador, atontado, sin tener conciencia de la horrible escena, se inclinó ante el cadáver del
ayudante, como si aún tuviera duda de lo que tenía delante era el cuerpo sin vida del que minutos
antes estaba sano. La joven escucho entre sueños la noticia y casi dormida saltó del lecho, no
comprendía pensaba que era una pesadilla, el muchacho gritaba por tercera vez “mató a don
Salvador, se acerca a la cama, sin poder decir una palabra a la muchacha que lloraba como loca
arrancándose los cabellos y presa de un dolor infeliz, El Cortado fue a prisión. Dos meses
después llega a la hacienda el señor Velásquez, para servir de padrino de bodas de Salvador y
Consuelo. La pobre Consuelo enflaquecida por el sufrimiento, salió a recibir al bueno de don
Antonio al abrazarlo no pudo contener las lágrimas.
La ceremonia se dio, no fue larga y Se unieron en matrimonio Salvador y consuelo. Don Antonio
beso a la novia se la veía radiante de felicidad. La felicidad acortaba el tiempo, desde el día que
Consuelo fue suya, todo era dicha y felicidad para Ramírez, otra cosa que tenía contentísimo a
Salvador era la seguridad de que sería padre.
Una mañana de Febrero, después de un aguacero torrencial que inundó los campos, Salvador
sintió un dolorcito en los músculos de las piernas, la noche fue mala, no pudo dormir con ese
dolor y frío, contándole a Consuelo que no podía ni siquiera tragar tenia cerrada la garganta, lo
llevaron en lía del Malecón, luego de una larga consulta con tres médicos, ordenaron inyecciones
hipodérmicas, Don Antonio pregunto a los médico que enfermedad tenía y contestaron que era
gravísima una POLINEURITIS PALÚDICA de carácter aguda y será un milagro si se salva.
Regresa a su casa, ¡la noche! Esas horas eternas, Salvador acostado en la cama desde la tarde
agonizaba lentamente. Consuelo, murmuró el enfermo, Dios mío muero de sed. Salvador tuvo en
su cerebro una claridad extraña, recordó toda su época desde la niñez, la vieja casa de Quito, la
hacienda de Chillo donde pasaba vacaciones, el internado del Colegio, las caras de condiscípulos
y profesores, las fisonomías, de su padre, su madre, de Mariana de Luciano todos quienes eran
cercanos a él, las escenas inolvidables, las amarguras y miserias de su familia, la guerra del 95, la
batalla de San Miguel. A las 8 de la mañana vinieron los médicos, lo atendieron y se miraron y
luego uno de ellos llamó a don Antonio aparte y le dijo amigo mío no hay esperanzas. El médico
le dice que está muy mal aunque no de muerte y que tiene que dejar encargos y responde que es
muy pobre y la pide a Don Antonio que cuide de Consuelo y del niño que ha de venir que Dios le
pagará, Don Antonio promete a salvador que cuidará de ellos ya que el muere por su trabajo
fuerte en la hacienda. Luego le dice a Consuelo. Consuelo amor mío perdóname si te hago sufrir,
¡Pero debo decirte que me muero, te dejo sola! No puedo ya respirar.
Eran las cuatro de la tarde, abrió la puerta y un hombre alto musculoso y bien avanzó al lecho de
Salvador, intentó sonreír y murmuró, Luciano, mi Luciano, has venido me muero. Luciano
arrodillado en el suelo abrazo a su amigo moribundo y sin poder contenerse estalló en sollozos,
ayer vine de Europa y leí en “Grito del Pueblo” que tú estabas enfermo y averiguando de casa en
caso estoy aquí, pero en qué estado Dios Santo. Salvador dice Luciano está es mi mujer
abrázala, te recomiendo a mi madre, si ves a Mariana dile que la perdono, no la maldigo
pobrecita, me ahogo Consuelo, no concluyendo la frase hizo un imperceptible movimiento de la
cabeza, los labios y colgantes brotó una espuma sanguinolenta, la cara tomó una expresión
beatica y bellísima y los ojos brillosos quedaron fijos en el Chimborazo, que allá, en el confín del
paisaje inmenso resplandecía con los últimos rayos del sol.